lunes, 18 de agosto de 2008



Es difícil mostrarles con una foto quien es Pollaiolo, y más aún lo que es el arte italiano. La sutileza a la que hasta hace una semana no me atrevía a acercarme. Lo percibía frío, vacío, por ende horrible y contrario al concepto de belleza humanizada que traía conmigo.



Ni que hablar de las imágenes de Sassoferrato o de Botticelli, que nada tienen que ver con el Cristo vivo en el que creo. Pero, si de algo sigo segura, es que una cosa es arte, otra es religión y otra la presencia Divina -que pueden o no relacionarse-.

Italia es sensible, el arte te entra por los poros. Yo pensaba que respirar arte era caminar por Avenida Corrientes, perderse en algún teatro y no poder esquivar la melodía que danza por las calles porteñas. Tal vez hoy siga pensándolo, pero también aseguro que respirar y sentir arte es caminar por Lombardía, oler a Miguel Ángel, sentir a Del Cairo, escabullirse en Tintoretto, enloquecerse con Crivelli, vomitar a Canaletto, danzar entre arquitectura neoclásica, introducirse en el barroco italiano y sublimarse con Bizancio. Señores y señoras, el arte consagrado está mucho más cerca nuestro de lo que imaginamos, palpitémoslo.


Consumo esta belleza. ¿Qué capacidad de retención tendrá mi retina? Tengo un nuevo regalo y los invito a disfrutarlo, acariciarlo entre las manos y perdernos en su juego atemporal.

Lau


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