miércoles, 18 de junio de 2008

Llegue a Crikvenitza con un nudo en la panza y una sola expectativa: tirarme al sol a veranear en la costa adriática de la que había escuchado hablar y visto fotos de la mano de mi queridísimo nono. No fue extamente así (la misma palabra expectativa denota que el suceso esperado no va a ocurrir).

Me bañe mil veces en un Adriático solo para mi, bajo la lluvia, con resolana y al atardecer. Caminé al borde de un acantilado. Recordé palabras en croata que tenía escondidas en algún lugar recóndito de mi memoria. Conocí Berlín. Me hice de amigos croatas, alemanes, colombianos, servios y bosnios (¡que macedonia!*). Recibí muchos regalos y muchas miradas. Di mucho de mi: me entregué por completo. Encontré casi sin quererlo la casa de mi abuelo y la de su prima. Y ahora canto en voz alta en español, nadie me entiende. Esa es la gran oportunidad y el regalo que me dio Croacia: simplemente ser.


Chau Crivkenitza, chau... Tal vez si lloviera esta depedida sería más fácil, pero una noche de calor, con la luna llena sobre el agua y una sola estrella que me regala la posibilidad de pedir un deseo, es todo lo que necesito para ser hipnitizada.

Stretan put za Madrid, Laura




* En España se llama Macedonia a la ensalada de frutas. Al mismo tiempo, la República de Macedonia es un estado independiente de la Península Balcánica, al suereste de Europa que hasta 1991 formó parte de Yugolasvia.


2 comentarios:

Celta dijo...

Estamos todos aqui para viver em voz alta, querida Lau!
Benvinda de volta!

Anónimo dijo...

Es que la patria, los orígenes y nuestras raíces tienen rueditas, ¿nunca te diste cuenta? Toman la autopista con peaje, y llegan antes que nosotros. Cuando nos bajamos del tren, fitito 600 o lo que fuera, aparecen ahí, en la estación, nos toman por sorpresa (o de la mano) y nos llevan a recorrer un rincón que no creíamos nuestro o no creíamos reconocer. Qué invento el ADN, nuestras huellas digitales aparecen en lugares en los que no hemos estado y apenas estamos llegando (¿suena a Manu Chau esto?)

Y entonces el Adriático corre por tu sangre, como por la mía. Vos te paraste bajo el sol (o la lluvia) y lo viste golpear contra tus venas, sentada en la escalinata de la casa donde creció el Nono, tan lindo, tan padrino, tan nuestro, tan él.

Es que yo ya no creo en eso de reinventarnos, sino de volver a las raíces. Probá y fijate, y ya me contarás. Es encontrarse con uno mismo, y no, volverse a inventar. Es una gran mentira que nos lava el alma, y la va dejando finita finita, hasta que se quiebra. La mochila la llevamos siempre. No hay guardamaletas en las estaciones de la vida. Qué placer cuando uno busca, revuelve, y encuentra ahí mismo el boleto de tren, las herramientas para hablar croata, el pase mágico hacia el otro. Las cosas que se compran por catálogo o en Internet están hechas de un material no hipoalergénico, por eso la mochila se hincha, se hace pesada y casi casi, se convierten en un Jekill and Hyde que llevamos dentro (o cargamos en nuestros hombros).

Voto por el azúl adriático, las islas de la tía Anka, y los domingos en bote donde el Nono se escapaba con la trompeta a hacer un picnic con las chicas. Es que tenía 17 años y no quería hacerse cura...